Mujeres privadas de libertad sufren alteraciones de conducta.

Mujeres privadas de libertad sufren alteraciones de conducta.

Mario Guillén, UVL

“Soy una basura, no valgo nada”, es lo que sentía sobre sí misma una mujer de tan solo 18 años cuando ingresó como reclusa en el Centro Penitenciario Femenino de la Región Insular, mejor conocido como el anexo femenino del Penal de San Antonio, en el municipio García del estado Nueva Esparta. La salud mental de las mujeres que al cometer algún delito, son enviadas a centros de detención preventiva (CDP) o a un centro penitenciario, se debilita. Este es un proceso inevitable por el que todas pasan que hace salir lo mejor o lo peor de cada una durante este proceso.

Las privadas de libertad en su mayoría no han tenido una vida sencilla. Hogares disfuncionales, falta de padres, violencia intrafamiliar y el frecuente  abuso de drogas, las inducen a tomar un camino incorrecto que las lleva a delinquir o ser cómplices de sus parejas.

La psicóloga clínica Rosa López, quien tiene varios años de experiencia en el área penitenciaria, aseguró que el 60% de las mujeres detenidas cae en un proceso depresivo y explicó que su conducta dependerá de si están dentro de los centros de detención preventiva o de un centro penitenciario.

Reseñó que en un CDP las personas deben cuidar mucho más su integridad ya que no hay controles y los espacios son reducidos, además de la condición de hacinamiento propia de esos recintos. Mientras que en un penal cerrado con el nuevo régimen penitenciario, como es el caso del Penal de San Antonio, los riesgos son menores.

López dijo que los mecanismos de defensa utilizados serán los mismos que en la calle, pero potenciados por la situación de privación de libertad. Uno de estos es la proyección que dependerá del tipo de locus de control de la presa, ya sea del tipo externo o interno

 “El ser humano trabaja con dos tipos de locus de control. Cuando el locus de control es interno todas las acciones que haga y las consecuencias que genere van a ser asumidas y tratará de tener un aprendizaje de la situación. Mientras que si el locus de control es externo nunca se asumen las responsabilidades por los actos cometidos y los culpables siempre serán otras personas”.

Carla Marcano, quien está privada de libertad en el Internado Judicial de San Antonio, en la región insular, comentó que jamás se imaginó estar presa y para ella fue un choque cuando ingresó a la cárcel. “Siempre fui una muchacha tranquila, acababa de terminar el bachillerato. Mis planes eran estudiar Contaduría en la universidad. Lamentablemente me enamoré de un traficante y cuando lo detuvieron yo caí con él. Mi mundo se derrumbó, me sentía acabada. Lo primero que pensé al ingresar al penal fue que era una basura, una escoria humana”.

La psicóloga clínica Rosa López expresó que buena parte de las mujeres privadas de libertad también usa la represión como mecanismo de defensa. “La mujer que queda privada de libertad que no está acostumbrada a estar tras las rejas, lo que hace es reprimir todas las emociones, entonces se calla todo y no hace catarsis, convirtiéndose en una persona reprimida. Asimismo, suelen aislarse del grupo, como forma de protección, pues al no inmiscuirse con el resto creen que tienen cubierta su integridad física”.

La negación es otro aspecto a tomar en cuenta, pues muchas mujeres creen no estar presas y no aceptan su condición, entonces se desligan de la realidad. Este aspecto en personas sicóticas o normales tiende a ser pasajero, pero en el psicópata se perpetúa en el tiempo.

Yamileth Sarmiento, quien estuvo presa año y medio en el CDP de Los Robles (municipio Maneiro), explicó que una vez encerrada tuvo una etapa de negación. “Sabía que estaba presa, pero me negaba a aceptarlo. Estaba convencida que era algo transitorio y que pronto estaría de nuevo en mi casa. Les decía a mis compañeras que mañana saldría, que yo no podía estar presa. Pero después del primer empecé a aceptar mi condición”.

La “vuelta del instinto contra el yo” es otro rasgo de autodefensa que utilizan las reas para castigarse por lo que hicieron. Algunas se auto flagelan o dejan de comer.

Líderes

López indicó que aunque existe la figura de líder, no es tan común en las mujeres. Relató que ellas asumen rasgos que quizás no tenían cuando estaban en libertad para darse a respetar y protegerse.“Si una mujer privada de libertad es menudita o pequeña, puede adoptar rasgos agresivos al verse rodeada de personas mucho más corpulentas que ella, esto lo hace para infringir algún tipo de miedo o respeto”.

Agregó que muchas comienzan a asumir características de liderazgo que no tenían en libertad, pero la misma necesidad de sobrevivir las lleva a tratar de liderar utilizando la agresión y la inteligencia emocional para captar a más personas y hacer más armoniosa su estancia. Por otro lado, están las que adoptan una actitud pasiva para tratar de sumirse al grupo y se subordinan al sistema que impone esa líder.

La psicóloga explicó que esto se ve más en penales abiertos, mientras que en los cerrados terminan siendo sumisas porque de alguna manera saben que su vida depende de la sumisión. “Cuando vienen del CDP a un internado hay un choque, pero con ayuda de psicólogos y trabajadores sociales hay una contención de esas conductas”.

Relató que el castigo que se impone en el Penal de San Antonio es el aislamiento, que para ellas es demasiado traumático y hace que reconsideren su mala conducta.

Samantha Romero estuvo detenida poco más de dos años en ese centro y uno de los primeros problemas lo tuvo durante el orden cerrado que se les obliga a cumplir a diario. Cuando se le ordenó girar a la derecha lo hizo a la izquierda, pisando a una compañera. “Yo le pedí disculpas, pero ella me empujó. No soy violenta, pero en la cárcel si te dejas malandrear de una, todas te caen encima. Entonces nos caímos a golpes”.

El castigo recibido fue ir a “La Conyugal” un cuarto sin ningún tipo de iluminación y sin contacto alguno. En ese espacio inhóspito estuvo por dos meses. “Fue una simple pelea. No es humano que te castiguen de esa forma, pero supongo que fui el ejemplo para que el resto supiera lo que les pasaría si rompían las reglas”.

Luego de eso evitó a toda costa tener roces. Samantha se convirtió en una reclusa modelo. Siempre despertaba y dormía a la hora reglamentaria. Cantaba el himno y hacía el orden cerrado a la perfección. Empezó a participar en clases de canto dentro del penal. Además, tenía sesiones con un psicólogo todas las semanas.

Las mujeres que son privadas de libertad han caído en desgracia para la sociedad, el rol que les han impuesto es el de la madre abnegada y de esposa perfecta, pero por qué se asume que estas dejan de valer o de sentir por estar tras las rejas. Por el contrario, se deben apoyar para salir adelante durante el proceso penal para que luego puedan ser reinsertadas en la sociedad.

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