Las Mujeres Dejan Sus Familias A La Deriva al Ingresar Al Centro De Reclusión

Las Mujeres Dejan Sus Familias A La Deriva al Ingresar Al Centro De Reclusión

El hogar para los hijos de las privadas de libertad se desestabiliza afectiva y económicamente tras la ausencia de la madre. En la cárcel, unas mujeres pierden el contacto con sus niños y adolescentes al entregarlos a terceros y otras por la prohibición en los centros de reclusión del ingreso de menores de 18 años. Cinco historias demuestran que la realidad dependerá de cada familia y del penal donde las recluyan. Todas coinciden, sin embargo, que tras las rejas las mujeres no solo lloran a los hijos, si no a los nietos, madres y esposos. Las Mujeres Dejan Sus Familias A La Deriva  al Ingresar Al Centro De Reclusión

Equipo UVL

María no tuvo tiempo de despedirse. La Policía científica la llevó a un interrogatorio de rutina y no regresó. Permaneció cinco años en el Centro de Arrestos y Detenciones Preventivas El Marite. Tras la clausura del penal recibió libertad condicional y regresó a su casa. Se reencontró con una hija adolescente y casi bachiller. Confesó que en el primer momento no la reconoció. Dejó una niña escuálida, bajita, cachetona y sin algunos dientes y se topó con una jovencita esbelta, de cabellera larga y cara alargada. “Nunca me la llevaron. Y yo tampoco quería que me viera en ese sitio”.

En los últimos años de niñez de la hija de María no hubo estabilidad. Unos días vivía con su tía, otros con una tía política, otros en la casa de la bisabuela y otros en la casa del abuelo materno. La relación con su padre fue la constante en su vida sentimental, siguió ausente. La exreclusa detalló que se la turnaban por los gastos. Ninguno podía económicamente asumirla. “No había dinero para otra boca ni para ropa ni para nada. Todos decidieron darle un poquito para que estudiara y se mantuviera mientras salía”.

En un primer momento la familia pensó que la ausencia sería momentánea. Luego de los primeros seis meses en prisión, María tuvo que ingeniárselas para enviar dinero. “Empecé limpiándoles y lavándoles a los hombres, con eso alquilé una nevera, vendí hielo, luego cigarros, llamadas, durofríos. Con lo que hacía resolvía”.

Los parientes comentaron que el efectivo que María envía servía para gastos puntuales, la cantidad no era constante y había que ir al retén todas las semanas y cuando mucho la podían visitar una vez al mes.

Alejamiento total

Pegada a la cerca de ciclón, a unos 25 metros de la entrada del calabozo, de la Coordinación de la Policía Municipal de San Francisco (Polisur), no le permitieron precisar si lloraba o no. Esa imagen difusa es el último recuerdo que Yeri, una joven de 23 años, guarda en su memoria sobre su única hija, de tres años y seis meses. Desde que inició su proceso judicial,  hace cuatro meses, perdió todo contacto con ella.

Se acomoda sobre un tobo plástico, seca su rostro con una franelilla vieja y jura que su condena empezó el día que la jueza le arrebató la custodia de su niña. “Estar aquí – en lo que en otrora fuese una oficina del comando policial- no me pega tanto como no verla a ella. Y es que no sé nada, su padre la alejó hasta de mi mamá”.

En 120 días le destruyeron su casa repite una y otra vez, Yeri, a medida que enumera lo que perdió. Se quedó sin hija, sin trabajo y sin reputación. “Aún no se comprueba que soy culpable y ya me reseñaron hasta en la prensa como un monstruo. No entiendo cómo funciona la justicia aquí. Primero vas preso y luego investigan”.

En su rincón guarda ropa, sábanas y botellas con agua, pero a su hija solo la lleva en la memoria. “A su recuerdo me aferro. Por ella todavía lucho”. Desde que terminó la relación de pareja, en abril de 2018, hubo una manutención compartida. Pero el cuidado de la pequeña era exclusivo de ella. “Ahora no sé si come, si duerme ni cómo la tratan. Pero lo que me da más miedo es que se olvide de mí”.

En Polisur se permite una vez al mes el ingreso de los hijos de los detenidos. En el caso de las mujeres, según los oficiales, es poco el contacto y la constancia con la que las privadas de libertad disfrutan de sus descendientes. “Cuando se trata de niños o adolescentes simplemente no se los traen. Existe más contacto cuando los hijos son mayores de edad”.

Desamparados

Siete de los 10 años que estuvo en el Instituto Nacional de Formación Femenina (INOF) Ceci no vio a ninguno de sus tres hijos, una adolescente de 13 años, un niño de 11 y otra hembra de cinco. Su lento proceso judicial lo vivió sola hasta que la mayor de las hijas cumplió la mayoría de edad. Su familia reside en Zulia y el penal se ubica en Los Teques, estado Miranda. Por la lejanía no hubo visitas de amigos ni parientes.

“Les avisé por teléfono sobre la detención. Ninguno de mis hermanos contaba con recursos para trasladarme. Supe que cerraron mi casa y dividieron a los muchachos. La madrina se hizo cargo de la menor, un hermano del varón y una hermana de la mayor”. El contacto lo mantenían telefónicamente con mensajes de textos y llamadas. Sus hijos vivieron con sus tíos por dos años, la mayor regresó a la vivienda de Ceci con sus dos hermanos. 

“Cada uno tiene su versión. Mis hermanos dicen que estaban rebeldes y mis hijos que eran cachifos”. La exrea desconoce qué hicieron para mantenerse, pero todos abandonaron los estudios. No pudo ayudarlos económicamente hasta cinco años después cuando su hija mayor la visitó. “Empecé a entregarle peluches, almohadas, cojines, pantuflas, cobijas, muñecas de trapo y ella las vendía, reponía los materiales y ayudaba en algunos gastos”.

Lo único que lamenta es que por la falta de supervisión su hija empezó una relación amorosa a los 16 años y antes de los 20 ya tenía tres hijos; su único varón decidió ser homosexual y la menor sufre de depresiones. “Yo era inocente, caí por hacerle un favor a una expareja. Por no tener quien hiciera seguimiento de mi caso y anduviera detrás del fiscal, del juez y del defensor público pasé tantos años injustamente en la cárcel”.

Pérdidas afectivas

Mary, de 46 años, y Nelly, de 64, cuando recuperen su libertad regresaran a sus hogares con ausencias insustituibles. La primera perdió a su madre y la segunda al hombre que la acompañó durante 41 años. Ambas aseguran que verlas en el calabozo de Polisur los enfermó y antes de los tres meses de prisión ya estaban rumbo al cementerio.

La anciana se sienta, se acuesta en un colchón viejo sobre el piso, mira la televisión, se levanta, mira hacia la entrada del centro de detención por el hueco en la pared, donde otrora hubo un aire acondicionado; se recuesta en la pared, acomoda sus lentes, se rasca la cabeza y vuelve a la silla. Sus cuatro compañeras de celdas aseguran que la intranquilidad de Nelly la persigue día y noche desde que la encerraron hace cinco meses. Extraña su rutina, su casa, a los nietos y al viejo.

La detuvieron junto a su nuera y un hermano de esta. “Ellos están libres y a mí, por ser la dueña de la casa, me sembraron aquí”. En su casa, en el municipio Jesús Enrique Lossada, funcionaba un taller mecánico. Pero desde que la encerraron, sus hijos cerraron la casa y el negocio tras la muerte de su marido.

Se quita los lentes, se sienta en un balde amarillo y empieza a rememorar a los suyos. “Tuve cuatro hijos y ellos me dieron 15 nietos, uno de ellos perdió un ojito. Le dio cáncer cuando estaba chiquito y se lo extirparon. Ese no me dejaba ni a sol ni sombra. Su padre me dice cuando viene que todavía llora, que le dice que me lleven y cómo hacemos”.

Se mira y reconoce que en su detención no le ha ido mal. “Estoy más gorda que cuando llegué. No hago nada. Los policías no se meten conmigo, pero aquí le dan palizas a los que traen, sean hombres o mujeres. A mí no me hicieron nada”.

Solo recibe visita de dos de sus hijos, una se le mudó para Colombia con sus cuatro nietos y el otro sufrió una hemorragia y no pude moverse. Cuando le llevan un nieto, su hijo tiene que pagar para que lo dejen pasar rapidito. “Al viejo solo lo ví tres veces, no aguantó verme así y se enfermó. Antes de los dos meses me le dio un infarto y se me fue”. Hace una pausa y prosigue. “Quiero salir, pero a veces pienso para qué. Los nietos llegan y se van. Pero el viejo que era mi compañía ya no está”.

Mary se unió al dolor de Nelly y desde su colchón replicó: “Aquí nos vamos quedando solas mientras deciden qué harán con nosotras”. En noviembre de 2018 perdió a su madre. La anciana, de 70 años, sufrió un infarto fulminante y no pudo despedirse de ella. Confesó que ofreció dinero a los policías de guardia, sus hijos se presentaron con el acta de defunción, hicieron diligencias en el tribunal y no consiguieron el permiso para ir al cementerio. “El encierro mío me la mató y no pude pedirle perdón”.

De sus cuatro hijos, solo una se hizo responsable de velar por ella. A sus nietos no los ve, les prohibió a sus hijas que lo llevaran para aquel lugar. “por donde miras hay calamidad, es feo, no es ejemplo para ellos”.

Hace cinco meses que no la suben a tribunales. Ha solicitado medida humaniaria, le diagnosticaron leucemia, soplo en el corazón y padece de deficiencia respiratoria a causa de la extirpación de un pulmón. En tres ocasiones la han sacado de emergencia al Hospital Dr. Pedro Iturbe y al Hospital Dr. Manuel Noriega Trigo, guarda a un costado de su cama los reportes médicos donde detalla cada una de sus patologías y aun así no consiguió un beneficio.  “Aquí solo sabemos que estamos. Nuestro tiempo es de ellos-los fiscales y jueces- y pareciera que solo infartada me sacarán de aquí”.

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