Con calor y hambre viven los confinados en Zulia

Con calor y hambre viven los confinados en Zulia

Equipo UVL Zulia

Se ven apretados, incómodos, sudorosos, pero ninguno osa sacar un brazo por los barrotes de la celda o salir de ella para gozar del aire de los dos inmensos ventiladores metálicos que funcionan con un generador eléctrico en el pabellón A del Centro de Arresto y Detenciones Preventivas de Cabimas. Los aseadores y los manchados, nombre que reciben quienes infringieron una regla del pabellón, quienes no tienen familia o dinero para pagar los cinco mil 500 bolívares al pran por lo que denominan causa, perdieron sus derechos al ingresar a ese espacio y ahora solo conviven con el resto de la población reclusa cuando el pran así decide.

Es temprano. La visita recién empieza. Unos 200 reclusos esperan en el patio central apretujados uno al lado del otro, sentados sobre tobos blancos y butacas plásticas. Mientras otros permanecen de pie en los pasillos y otros más deambulan de un lado a otro para promocionar y vender frutas, galletas, harina, arroz, pasta, productos de higiene personal, jugos y artesanías elaboradas con billetes fuera de circulación. Según la cuenta de ellos, la población alcanza los 800 internos. Pero ninguno se ha detenido a contarlos. De lo que sí están conscientes es que hasta finales de 2018 eran muchísimos más. “Sobrepasábamos los dos mil. No podíamos caminar sin tropezarnos”, comentó uno de los internos.

En cuestión de minutos se llenó el patio central, que otrora funcionaba como cancha, pero por la sobrepoblación ahora solo se usa ocasionalmente o cuando algún líder negativo así lo desea. La sensación térmica subió. Ya para las 9.00 de la mañana, los ventiladores no refrescaban el espacio y el poco aire que entraba por una abertura entre el techo del galpón y las paredes era insuficiente para sofocar el calor. Pese al incremento de la temperatura, ellos, los aseadores y los manchados, ni se inmutaban.

Uno de los internos toma su tiempo y explica la condición de quienes no tienen permitido relacionarse con otros. La función de los aseadores es limpiar el pabellón. A ellos no los visita nadie, no manejan dinero, comida o algo con lo que puedan cambiar por otro servicio. Son dueños de todo lo que cae al piso. “Ahora cuando se vaya la visita salen como animales y se devoran todo lo que cayó en el suelo. De eso es lo que viven. Los he visto comerse hasta las pepas de los mangos, las conchas de cambures, lamer la sopa o chuparse los huesos que dejaron otros. Eso me impactó cuando llegué. Ahora estoy acostumbrado”. Con la mirada y muy discretamente, el privado de libertad señaló la celda de los aseadores. Estima que convivan de 100 a 150 reclusos en un espacio de 4X4.

Los manchados reciben visitas y pagan la causa. Cayeron en esa celda por hacerse los chistosos, por andar de borrachos, por faltar el respeto. “Si logran irse a otro penal seguirán manchados y así los van a tratar”. Desde lo lejos se les veía pegados a las paredes de su calabazo o a la reja para hacerle espacio a quienes esa mañana recibieron visitantes. En el espacio reducido, con unos 80 internos se apiñaban los familiares. Con ellos no se puede tener ningún trato. Son otra población y solo se relacionan entre ellos. Pero en el momento que te provoque lo puedes golpear. “Si estás de mal humor y te provoca, plas le sampas y ya. Por eso no hay castigo, para eso están y nadie se mete”, acotó un reo.

Tantos los aseadores como los manchados coinciden en ciertas normas. Les toca bañarse a las 2.00 de la tarde, si llega suficiente agua de la calle y todos deben hacerlo en una hora. Nunca puede vérseles sin camisa ni pueden tropezar con otro interno, no pueden caminar por el patio ni ir a otras áreas. “Pase lo que pase deben morir ahí adentro”. Tampoco pueden lavar su ropa, acumular agua dentro de la celda, ir al baño cuando les provoca o disfrutar del refrigerador y la cocina con bombonas.

El clima árido del estado Zulia y las deficiencias en el servicio eléctrico agudizaron las precarias condiciones de la población. La sensación térmica, aún de noche, oscila entre los 39 y 40 grados. “Cuando hay racionamiento se escuchan sus pleitos, se empujan, lloran. Unos hasta han suplicado agua. Pero nadie se mete”, detalló un interno, quien confesó que para los que conviven en el patio el calor es asfixiante. “Yo me cambio hasta tres veces la franela en la noche. El bolso que uso de almohada amanece mojado”.

“Todos ellos tienen sarna, tumores y entre los aseadores hay un tuberculoso. Él lo niega pa’ que no lo mande pa’fuera. Pero ya ni come. Cualquier día amanece muerto y listo”.

Las jornadas médicas en el retén son escasas y cuando llegan, a esta población tampoco se le permite acudir. “Ellos terminan muertos en el baño. Las enfermedades los matan. El último lo sacaron, lo tiraron en el patio y ahí estuvo como dos días. Se lo llevaron hinchado. A las semanas se apareció una mujer y le dijeron que fuera pal cementerio”.

Afuera del confinamiento

Más allá de las celdas de los aseadores y los manchados se necesitan miles de soberanos para sobrevivir. Los tobos en los que se sienta la visita son para acumular agua para bañarse y cocinar. Los familiares cargan desde sus casas los envases de dos y cinco litros y otros se aparecen con cuñetes con agua. Un litro de agua oscila los 700 soberanos, si se consigue a algún conocido en la comunidad que colinda con el penal sale más económico. “El cuñete lo llenan por 500 más la maraña pal policía. Eso puede durar hasta tres días si se administra bien”, detalló un recluso.

Los días de apagones las rutinas cambian y se escuchan más tiros de lo normal. “A las 7.00 de la noche todo el mundo duerme. No se puede ir ni al baño y así te esté matando el calor debes dormirte”. Se guarda el televisor y los celulares, con los que solo puedes hacer llamadas al exterior por mil soberanos el minuto; no hay música ni las visitas de las mujeres de la calle.

El interno corta su relato, son las 2.00 de tarde. La puerta azul se abrió y terminó la visita. No hay un policía cerca de ella. Sin embargo, dos jóvenes con revólveres cargados y con la mira para el piso custodian la entrada. El racionamiento eléctrico debía acabar antes de que se marcharan los visitantes. Pero igual como pasa fuera de los centros de arrestos, la electricidad no tiene horario para ir o venir.

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