La figura del pran se consolida por el hacinamiento en los calabozos zulianos

La figura del pran se consolida por el hacinamiento en los calabozos zulianos

Equipo Investigación / UVL

Con armas o sin ellas se adueñan de los diminutos espacios donde los recluyeron, dominan a sus compañeros de celda e instalan sus gobiernos. Ellos, los pranes, pregonan un orden, unas mejorías para el colectivo, pero en el accionar terminan subyugando a otros para lograr beneficios y comodidades. El hacinamiento y la falta de instrucción de los policías en materia carcelaria son las bases en las que solidifican sus imperios en los Centros de Detención Preventiva. 

“Es prácticamente inevitable que surjan en un despacho policial. Cómo puedes evitarlo cuando tienes entre 50 y 70 personas en espacios pequeños. Simplemente, no puedes evitar que uno de ellos lo lidere”, detalló un funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC).

El comisario considera que el surgimiento de liderazgos se podría reprimir o impedir en una institución penitenciaria. “De repente reprendiéndolo por una conducta impropia o aislándolos para obligarlo a entrar en razón. No creo que después del encierro vaya a querer buscar problemas”.

Las conclusiones del funcionario coinciden en los señalamientos de un exrecluso y exlíder de la Cárcel Nacional de Maracaibo, en Sabaneta. “Cheo Cara Cortada”, como le conocían en su patio, asegura que en cierto modo “los líderes de las letras instalan su orden. Si no fuese así, se matarían unos con otros. El más fuerte sobre el más débil, la destrucción absoluta, el caos. En el patio no manda el policía, sino el interno”.

Tras permanecer 14 años en el poder y con 30 hombres a su cargo, el exconvicto recuerda que se ganó su puesto con un cuchillo, la pelea y su discurso. “Era el tiempo del hampa seria, no había pactos con los policías. Mi destreza eran los cuchillos y no tuve necesidad de un arma de fuego. Aunque eso no quiere decir que en mi banda no hubiera”.

Ingresó, según sus recuerdos, por un homicidio que no cometió. Pero adentro aprendió a matar para hacerse respetar. Explica que adentro, por lo menos en su caso, buscaba fidelidad y camaradería. “Debían sentir lo que yo sentía, estar dispuesto a morir por lo que yo moría. Pero sobretodo, no podían ser sapos. Hablar de más se paga con la vida en prisión”.

“Cheo Cara Cortada” reconoce que existe una diferencia abismal entre el liderazgo de la extinta cárcel y los nacientes. “Te hablo del hampa seria, donde no existían pactos con gente del Gobierno ni cuerpos policiales. Ahora la corrupción lleva a los funcionarios a buscar alianzas adentro para cometer fechorías. Antes se castigaba al otro preso por la ofensa. Ahora, por el puro placer del líder. He conocido de casos donde cortan orejas delante de familiares solo para obligarlos a pagar vacunas”.

A su memoria llegan los motivos por los que se incendió en 1994 la cárcel modelo, donde murieron 108 reclusos; y lo presenta como una muestra del liderazgo. El líder de Reeducación instó a todos los reclusos de su área a enfrentar a los presos del área de Penal. Muy pocos conocieron que su único propósito era recuperar un arma de fuego hurtada por un interno en el otro patio. En su discurso convenció a quienes lo escuchaban que el otro bando atacaría de un momento a otro en la noche y que ellos deberían tomarlos por asalto primero. De lo contrario no tendrían escapatoria y los matarían sin piedad.

 “Fue un día completo de tiros. Cuando se acabaron las municiones, un grupo recurrió a una caja de Baygon. En el otro patio se encerraron con llave y desde las rendijas disparaban. Cuando se acabaron las balas, el otro bando tomó los frascos y un yesquero, se acercó a las ventanas de los patios y se formó un lanzafuegos. Todo estaba cubierto de sábanas. Los cuartos los formábamos con sábanas y por eso el fuego se expandió rápido”.

A sus 62 años, “Cheo Cara Cortada” reconoce el poder que un pran tiene en sus manos y ahora sirve de mediador en conflictos carcelarios para buscar disminuir la crueldad en los penales. No lo derribaron del poder, no tuvo contrincante en sus años de prisión. Entregó voluntariamente las armas y sobrevivió dos años en prisión sin recurrir a la violencia. Admite que tras 16 años y seis meses de prisión recobró la libertad sin ser condenado. Su abogado recurrió al retardo procesal para regresarlo a la calle.

Lucha por lo elemental

En los calabozos de los centros de coordinación policial de las policías municipales, de la Guardia Nacional Bolivariana, del CICPC o el Cuerpo de Policía Bolivariana del Estado Zulia, el puesto se logra con los golpes y la antigüedad. Los beneficios que se persiguen no son económicos, si no de supervivencia. Se adueñan de las ventanillas de los calabozos, ahí es donde hay mejor ventilación e iluminación y desde ese puesto controlan todo lo que entra y sale.

“Yo vine a poner orden”, se jacta un interno ante la pregunta si lideraba el calabozo en la Subdelegación Maracaibo del CICPC. Explicó que ya tenía experiencia en otras cárceles y eso lo ayudó a ganar terreno con los otros privados para derrocar al líder. “Él y su grupo eran los únicos que comían. Se adueñaban de todo lo que entraba de comer y beber y solo le daban a la población las sobras. Eso se acabó”.

Un exprivado asegura que no se les permiten ingresar armas. Pero se las arreglan para fabricar chuzos. “Hay requisas, botan todo. Mientras se fabrican nuevas tenemos los puños. Si te encuentras con algunos conocidos, entre todos se cambia de gobierno. Hay que sobrevivir a la fuerza mientras se sale”.

En el Centro de Arresto y Detenciones Preventivas de Cabimas o de San Carlos del Zulia dominan y controlan con armas de fuego, granadas y cuchillos. Tras llegar al poder, cobran al resto de los internos hasta por el derecho a bañarse. Asumen el mantenimiento y reparación de los retenes, controlan el agua, el gas doméstico, ubican a cada quien en el espacio y bajo las condiciones que ellos consideren y pasan por las armas a quienes consideran enemigos. Su control se expande hasta fuera del recinto. La única manera de zafarse hasta ahora es la muerte. Un líder decidió deponer sus armas y sus seguidores lo impidieron. Empezó, en diciembre de 2019, un conflicto y debía culminarlo. Entregó las municiones y el armamento que tenía, pero al día siguiente le obligaron a cargar un fusil, detalló uno de los internos.

“Donde hay sobrepoblación cada quien va a buscar la manera de estar lo más cómodo posible y tener sus privilegios. Ahí se forman los líderes. Algunos encargados te pueden decir otra cosa, pero la conducta de los privados refleja otra”, admitió un comisario de la Policía científica.

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