AISLAMIENTO SIN MEDICINAS NI ALIMENTOS INCREMENTA LA TENSIÓN EN LOS CALABOZOS ZULIANOS TRAS LA LLEGADA DEL CORONAVIRUS

AISLAMIENTO SIN MEDICINAS NI ALIMENTOS INCREMENTA LA TENSIÓN EN LOS CALABOZOS ZULIANOS TRAS LA LLEGADA DEL CORONAVIRUS

Equipo investigación UVL

El arribo de familiares de privados de libertad a los Centros de Detención Preventiva mermó en Zulia. Quienes proveían de alimentos, medicinas y jabón para el aseo de la celda y el personal permanece en cuarentena social en sus casas o están imposibilitados para llegar a los calabozos por la falta de transporte público y de gasolina. Ante el brote de Coronavirus en el estado, el Gobierno local se limitó a la suspensión de visitas. No han establecido mecanismo de detención del virus ni de comida en las celdas de al menos 150 comandos policiales y militares que albergan detenidos en los 21 municipios de la región zuliana. En medio de la hambruna, se incrementa la tensión y las ganas de escapar entre los internos. Dos fugas masivas en menos de tres semanas dejan en evidencia la desesperación de los reos.

Arepas fritas dulces, medio kilo de carne con arroz, cuatro panes, dos litros de jugo de guayaba, una crema dental pequeña y media panela de jabón azul fueron las últimas provisiones que Rosa D., madre de dos privados de libertad en una Subdelegación del Cuerpo de Investigaciones Científicas y Criminalísticas (CICPC) en la Costa Oriental del Lago (COL), llevó, el 14 marzo de 2020, a sus hijos. La suspensión del transporte público inter municipios y la exigencia de un salvoconducto para cruzar el puente sobre el lago Rafael Urdaneta le han impedido llevarles alimentos. “Los visito una vez a la semana. Les hago arepas fritas y dulces porque se conservan más, pueden comerlas hasta el jueves, con los panes resuelven el viernes y el sábado les vuelvo a llevar lo que consiga”.

La mujer, de 64 años, trabaja de camarera y reside al sur de Maracaibo. La suspensión de visitas la dejó “fría”. Intentó llegar a la sede del CICPC y se encontró con el terminal terrestre cerrado y sin microbuses. Regresó a su casa y contactó a la pariente de otro recluso, con quien sus hijos suelen enviarle mensajes a través de cartas. “Ellos escriben papelitos, los meten en la ropa sucia del señor y cuando ella llega a su casa me envía mensajes. Sé que están bien. Pero ya no les queda nada”.

El último fin de semana de marzo Rosa no tuvo noticias de sus hijos. “Alguien intentó meter algo en la comida, los policías lo encontraron y la garraron con todos”. Ahora está preocupada. Recordó que las requisas son violentas. “En una oportunidad encontraron un teléfono, les dieron una paliza a todos y al muchacho que lo tenía hasta le partieron un brazo”.
Para movilizarse de un municipio a otro el gobierno regional dispuso para los interesados el número telefónico 0261-744.44.05. Rosa ha intentado comunicarse todos los días. Le urge el salvoconducto para llegar al CICPC. “Mi hijo mayor está deprimido”. Hace silencio, llora. “Su hermano bromea, ha sabido llevar esta situación, pero él no. Desde hace meses ya ni habla”. La voz se le entrecorta, las lágrimas la ahogan. Balbucea: “Cómo le doy ánimo si no puedo pasar. Se me va a morir”.

Amenazas gubernamentales

La desinformación mezclada con el miedo detonó, el 18 de marzo de 2020, una fuga masiva en el Centro de Arrestos y Detenciones Preventivas San Carlos del Zulia, municipio Colón, a unas 72 horas de iniciar la cuarentena colectiva. De los 167 privados de libertad que ocupaban el pabellón A, escaparon 76 hombres y de 86 mujeres huyeron ocho. En cuestión de minutos se activaron los cuerpos de seguridad y mataron a 18, en presuntos enfrentamientos, y a otros cuatro los ajusticiaron en la entrada de una finca de la localidad. Recapturaron 35 y están tras la pista de 27.

Quienes trabajan con los privados de libertad del retén de San Carlos aseguran que en las instalaciones no hay condiciones de habitabilidad. No cuentan con agua potable, comida, medicinas y conviven sanos con enfermos. El detonante de la fuga fue la suspensión de la visita de familiares. “Quién va a querer quedarse adentro. Hay miedo entre los que gozamos de libertad, más en los encerrados”.

En el Centro de Arrestos y Detenciones Preventivas de Cabimas, en la COL, hubo, simultáneamente el mismo revuelo. “El pabellón C quería fugarse. El pran no podía con su gente y habló con los policías de afuera. De parte de ellos no se encontró resistencia. Dijeron que por ellos que nos fuéramos todos. Pero la gente se calmó. La guardia está afuera y esos nos matan si pasamos la cerca”, detalló un recluso.

Los rumores de evasión se corrieron por Cabimas y el gobernador Omar Prieto aseguró: “Difícilmente puede haber una fuga en el retén de Cabimas. Hay un cordón de seguridad a lo largo y ancho del recinto”.

Más contundentes fueron las declaraciones de Lisandro Cabello, secretario de Gobierno, quien hizo una advertencia a quienes seguían prófugos. “Les recomiendo que se entreguen, porque los estamos buscando. Les recuerdo que la ley es clara, cuando usted se fuga de un recinto penitenciario, usted entra en situación de solicitud con posibilidad de riesgo contra nuestros funcionarios”.

La historia se repite

Ante la cancelación de audiencias por la cuarentena colectiva, las limitantes para que les lleguen alimentos y medicinas y la incertidumbre de lo que sucede afuera durante la pandemia crecen los rumores de fuga en todos los centros de detención preventiva. Pero hasta que empiezan a circular las fotos del grupo de reclusos por redes sociales o grupos de WhatsApp no se precisa en qué localidad ni cuántos tenían planificado el escape. Así ocurrió, el 5 de abril de 2020, cuando a la media noche 20 reclusos del Eje de Homicidios de la Subdelegación Cabimas abrieron un boquete en la pared de su celda y huyeron de su confinamiento. Antes del atardecer, 16 de los fugitivos ingresaban muertos con heridas de bala a la morgue del Hospital General de Cabimas Dr. Adolfo D’Empaire.

Los representantes de los cuerpos de seguridad de la región no entienden cómo un grupo tan numeroso se escapaba de un comando policial a sabiendas de los estrictos controles de circulación que existen en la región por la pandemia. “Aquellos que hacen armas contra nuestras comisiones han sido neutralizados. Se hizo el llamado y los que han venido, nosotros les hemos respetado su derecho, su garantía a cumplir lo que está en el marco legal. Pero aquella persona que haga armas contra una comisión militar o policía, nosotros tenemos, asistido por la ley, el uso progresivo y diferenciado de la fuerza. Más aún en estos momentos que tenemos tantos controles y que está limitada la circulación de nuestra población”, declaró, el 6 de abril de 20202 en rueda de prensa, un representante de la Zona Operativa de Defensa Integral (ZODI), en Zulia.

Con dudas

Entre los familiares existe un temor colectivo, que sus provisiones no lleguen a sus detenidos y queden en manos de los pranes, custodios y policías de guardia en los calabozos. “Ahí adentro hay hambre y miseria. De la puerta hasta el calabozo se empieza a perder todo. A veces solo llega el agua”, denunció una pariente.

La preocupación de Ender, chofer de 54 años, se fundamenta en cuatro meses de experiencia en los calabozos de CICPC Maracaibo. Su hijo sufre de ataques de epilepsia. “Son tan fuertes que se le desprende la mandíbula por los movimientos”. En condiciones de visitas normales, “los petejotas me botaban las medicinas. Ahora no sé si le pasan la comida que le llevamos. No lo vemos, no podemos hablar con él. Hace quince días supimos que agarró una infección en la orina y me le estropearon una pierna”.
A comienzos de marzo, el gobierno regional distribuyó cajas Clap en el retén de Cabimas. “Fue una buena iniciativa. Pero ese alimento no llega a todos. Lo controla el pran de cada pabellón. Y con las restricciones de la Guardia Nacional, los líderes de las letras son más implacables”, detalló un interno.

“Ya me pasó. Le llevé un pollo horneado. Ese día se antojaron de no dejar pasar a nadie y quien menos comió pollo fue el marido mío”, comentó otra familiar, quien asegura que la comida se perdió entre los funcionarios de turno de la Policía Nacional Bolivariana (PNB).

Sin medidas sanitarias

Adentro, en los reducidos metros cuadrados de las celdas, no hay agua ni tapabocas, pero si gripe y tuberculosis. El uso de mascarilla no se implementó entre los privados de libertad. No los abastecieron ni sus familiares ni los funcionarios a cargo de los comandos o retenes ni la Secretaría de Seguridad y Orden Público.

“Para recibir la comida nos exigen tapabocas y guantes. Pero adentro no hay nada de eso”, coincidieron la docena de familiares que esperaban turno a las afueras de la Subdelegación Maracaibo del CICPC.
Hay solicitudes. A las pastorales penitenciarias les ha llegado el clamor de los presos. Algunos pastores y colaboradores se organizaron, recolectaron algo de comida y fabricaron algunas mascarillas. “No hemos llegado a todos. No hay gasolina y solo se pudieron entregar 35 mascarillas y provisiones en Cristo de Aranza y Cuatricentenario”.

La Secretaría de Seguridad sólo ha reportado dos jornadas de desinfección con hipoclorito: una en el retén de San Carlos, municipio Colón; en la Dirección General del Cuerpo de Policía Bolivariana del Estado Zulia (CPBEZ), en Maracaibo; y el Centro de Arrestos y Detenciones Preventivas de Cabimas. El resto de las sedes policiales con calabozos, unas 17; bajo su responsabilidad siguen en veremos. En las policías municipales, los comandos de la Guardia Nacional Bolivariana, el Ejército, la PNB y el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) aún no se vislumbra la limpieza general de sus áreas administrativas ni celdas, ni mucho menos jornadas médicas de prevención o despistaje de COVID-19, pese al arribo al estado de pruebas rápidas de China.

El comisario Carlos García, jefe de la Delegación Zulia del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, informó que del 30 de marzo al 3 de abril de 2020 se efectuaron jornadas de desinfección en la Subdelegación Maracaibo, Eje de Homicidios y Subdelegación San Carlos del Zulia. “Como medida preventiva se están limpiando y reforzando las estructuras de todas las Subdelegaciones y despachos de la región para evitar cualquier contagio entre el personal y los privados de libertad”. Espera desinfectar al menos una Subdelegación a la semana.

Hay calma y miedo. Cada familiar encomienda a Dios a su interno. “Si se alzan los matan, si no venimos se mueren de hambre y si llega la enfermad igualito se mueren todos. Que Dios los agarre confesa’os”, sentenció una madre.

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