Zulia: Polisur refuerza seguridad en sus calabozos con presos

Zulia: Polisur refuerza seguridad en sus calabozos con presos

UVL Zulia

En el Instituto Autónomo Policía Municipal de San Francisco Centro de
Coordinación Policial, mejor conocido como comando de Polisur de
Sierra Maestra; en el estado Zulia, en el occidente venezolano,
reforzaron la seguridad interna y externa en sus calabozos con presos.
Generalmente, según los familiares de los detenidos, apoyan a los dos
oficiales que custodian a unos 400 privados de libertad. Pero el
domingo 31 de marzo de 2019 cuando un equipo de Una Ventana a la
Libertad se acercó al lugar no había policías, con uniformes o de
civil, para supervisar a los detenidos.

El portón estaba abierto. En la entrada, en la parte externa de lo que
sería una garita había un par de mujeres con botellas de agua y comida
y tres hombres, todos ellos privados de libertad y encargados de
orientar a los visitantes, revisar los envases y de explicarles bajo
qué condiciones será la estadía en el galpón habilitado para las
visitas. Uno de los detenidos reconoce a una mujer, de unos 45 años,
que ingresaba y le advierte: “Hoy no hay visita. Pero hay desplace”.
La recién llegada le responde que no tiene dinero, saca de su morral
tres botellas de plásticos, de dos litros cada uno, llenas de agua; un
envase transparente con arroz y un envase de anime con tres arepas. Le
repite las identidades de sus allegados y el calabazo donde permanecen
y se marcha.

A unos 50 metros de la entrada principal, en el centro del galpón,
están cinco de ellos, los presos que se autodenominan “de confianza” y
sobre quienes recae la responsabilidad de la custodia interna y
externa de sus compañeros. En una mesa escriben una lista, revisan los
teléfonos celulares e interrogan a todos los visitantes. Uno de ellos,
de pie en la esquina de la mesa asegura que todo estaba controlado,
pese a la falla nacional del servicio eléctrico, que inició el jueves
28 de marzo de 2019. “Aquí, no hay fugas. Todos nos queremos ir por la
puerta grande”. El único inconveniente, rectifica, es que tienen que
cocinar en palos. “Se sacan tres detenidos por pabellón y éste cocina
para todos”.

Aunque no lo mencionan, los privados de libertad no tienen agua. Otro
interno le recrimina al “Chino” la lentitud con la que diligencia el
arribo de un camión cisterna para abastecerse.  Sin inmutarse, se
levanta de su silla, se acerca a la mesa y explica que no encuentra
camión por la falla en la electricidad.

El área externa del comando se visualiza limpia. En la parte trasera
tres muchachos luchan para encender los palos del fogón, al igual que
dos mujeres a un costado. Todo parece desenvolverse con normalidad
hasta que llegan dos familiares y preguntan por un detenido. Querían
hablar unos minutos con él y entregarle cinco cambures para que
amortiguara el hambre. El grupo de la mesa le recuerda la cuota por el
privilegio: “Son quinientos por cabeza y no pueden tardarse más de 20
minutos”. Los visitantes pasan sus billetes de 100 y tras confirmar el
pago se le ordena otro miembro del grupo buscar al detenido.

Los familiares de los presos comunes explican la procedencia de los
“de confianza”. En su mayoría son exfuncionarios que permanecen
privados de libertad por cometer delitos. Estos a su vez tienen a sus
hombres de confianza en cada calabozo y les permite controlar todo.
“En colaboración con algunos oficiales cobran por permitir las
comodidades: teléfonos, televisores, aire acondicionado, celdas
aisladas, traslados a tribunales y los desplaces- pago por el ingreso
de niños o cualquier pariente fuera del horario”.

Para unos familiares logran el dominio por la anuencia de los
comisarios encargados de los calabozos y para otros porque han sabido
sembrar miedo. “Tienen sapos por todo el comando, desde la garita
hasta los calabozos, quien emite algún comentario en contra, reprenden
al preso”.

En los “de confianza” recae la responsabilidad del conteo de los
compañeros, recibir la comida de los familiares y entregarlas en los
calabozos, decidir quién limpia el área interna y externa del centro
policial y evitar las fugas. Transitan libremente por el comando, las
rejas de sus celdas permanecen abiertas, algunos hasta salen a “hacer
mandados”, explican los allegados.

Quienes atendieron al equipo de UVL aseguraron que no hay enfermos y
que las condiciones de los privados de liberta son óptimas. Sin
embargo, los familiares denuncian tres clases de presos: “los de
confianza” y los que pagan por privilegios esperan sentencia en la
parte delantera del comando, con un número reducido de compañeros de
celda, acceso al agua, a las telecomunicaciones, a desplazarse
libremente, a tomar sol. Y los pobres y enfermos, estos ocupan la
parte trasera del comando invisibles para los extraños. “No los sacan,
están amarillos y con estos apagones y el calor se turnan para
respirar por la ventana. No se bañan ni les dan agua para beber. Yo
todos los días le traigo cinco botellas a mi hijo. Él me cuenta que le
brincan como fieras para que les dé un poquito. ‘Mamá se pegan como
locos a la botella, por eso muchos se enferman’”, explicó una
visitante.

Nadie supo explicar quién se beneficia con lo recaudado por los
presos. La queja de todos los parientes se repetía: "La comida y el
agua no les llega siempre a los detenidos. ¿A quién le reclama uno si
ellos también son presos?".

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